Luz Cenicienta

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Por Fabián D´Amico

Espectáculo familiar con importante producción, excelente dirección de arte y un elenco de primer nivel.

Una gran marquesina muestra la unión en una misma obra de dos primeras figuras del mundo del espectáculo provenientes de distintos lenguajes: Moria Casan y Maximiliano Guerra. Hay una tercera persona desconocida para el público, quien resulta ser la autora del libro y las canciones, protagonista femenina y productora: Ana Belén Beas. Hay un cierto desconcierto que proviene de la unión de una vedette y un bailarín clásico en una misma obra sin quedar en claro qué tipo de representación ofrecen, salvo por el título, que le da un anclaje a la obra dentro un público familiar: Luz Cenicienta.

La propuesta es simple: un show familiar, habitual en Broadway o Londres, con una historia simple y anecdótica, figuras conocidas, canciones pegadizas, bailes y mucha producción. Un desembarco a la cartelera porteña de una manera foránea de unir teatro, danza y música con el sostén narrativo de un cuento famoso y que funcione como primer acercamiento a un público teatral principiante o poco adepto a los géneros tradicionales como el drama, la comedia o el musical. La excusa perfecta para una salida teatral familiar en donde todos los integrantes de la familia disfrutan de igual manera de la representación.

Beas toma “La Cenicienta” y le da aires andaluces. La feliz hija de una bailaora queda sin su madre. El padre se casa nuevamente con una malvada mujer, madre de dos espantosas criaturas. La muerte del hombre trae la desgracia de la niña quien se convierte en criada de su madrastra. En el tiempo actual, Cenicienta es una sensual mujer quien ansia participar en una fiesta que se realiza en el pueblo para buscarle esposa a un lugareño, que se ha convertido en un eximio bailaor que deambula de pueblo en pueblo sin rumbo ni familia. El resto del relato es conocido con happy end para los buenos y negros augurios para los malos.

El relato, que une textos de Beas, música de Angel Mahler y coreografías de Mariela Anchipi, tiene a Moria Casan como la malvada madrastra, quien camina el escenario como pocas y cuya estilizada figura provoca envidia a muchas jóvenes señoras, a Maximiliano Guerra como el bailaor, quien realiza unos efectivos pasos de baile pero cuya presencia se desdibuja al tener que decir los textos y Ana Belén Beas, quien se destaca como bailarina.

Un trio de profesionales cuyos protagónicos no es lo más logrado de Luz Cenicienta. El valor principal del show y quienes llevan al mismo hacia un exitoso resultado es la unión entre Ariel del Mastro y un ensamble de primer nivel. La dirección de arte en manos de Ariel del Mastro es majestuosa, tanto a nivel artístico como técnico. Una gran producción que en manos de este artista se potencia y brinda cuadros de factura internacional. Ese impacto visual se potencia con la energía de un elenco conformado con lo mejor del musical nacional en donde es imposible dejar de mencionar a Sabrina Artaza- en cada espectáculo se nota su crecimiento artístico siendo merecedora de un pronto protagónico en el musical- , Pablo Sultani y Diego Hodara en un dúo desopilante, Andrea Lovera, Maia Contreras-increible voz- Julián Pucheta y el desparpajo de Leandro Gazzia.

Luz Cenicienta propone como impulsor que “la magia existe y puede cambiar tu vida, solo tienes que mirar arriba y bailar, siempre bailar”. Un propósito ampliamente logrado, ya que en el tiempo que dura la representación, la magia se apodera de la platea y las bellas imágenes que se logran desde el escenario, permiten ver plasmados los sueños de muchas chicas que, como la protagonista, ansían con bailar y bailar.